No sé cuál es el límite entre ser funcional y engañarse a una misma. Pensar de más tiene esa cosa en la que te cuestionas todo lo que haces, para bien y para mal. Hoy, por ejemplo, he tenido una mañana y media tarde muy «productivas», por mucha dentera que me dé la palabra. Me he despertado con el despertador en lugar de apagarlo y darme la vuelta. He ido a correos a enviar un paquete, al gimnasio a hacer máquinas e intentar empezar a correr (!!!), he puesto una lavadora, he hecho la compra, he cocinado, he fregado, he tendido. Y ahora estoy aquí sentada escribiendo.
![]() |
| He enviado el paquete en una caja de cartón cutre que literalmente dice "caja de cartón". |
Y la cabeza ahí está, con su diálogo mental que en realidad es un monólogo disfrazado de evolución personal. ¿Estás orgullosa de haber hecho lo que hace una persona promedio todos los días? Pues hombre, teniendo en cuenta que me tiro en la cama hasta las diez, ensimismada en el ordenador sin hacer nada hasta las doce y me como unos cuatro Phoskitos al día, supongo que sí. Pero es un parche, lo sabes, ¿no? Este día no se va a repetir o, si se repite, será dentro de tres meses; no significa que estés mejorando. Hombre, pero ya es un avance, digo yo. O no; has arrancado y desde ahí has ido en piloto automático, que es como has aprendido a funcionar toda tu vida, y por eso has podido hacer todo eso aunque en el fondo no quisieras. Ya has parado. ¿Y ahora qué?
Estoy haciendo esto en lugar de hacer otra cosa, eso es verdad. Pero estoy intentando no sentirme como si escribir y publicar esto sea más «productivo» que seguir escribiendo Truth of Touch, o que si me da por colocar los CDs en la estantería no es que mi cerebro se esté yendo por las ramas, aunque un poco sí. El TDAH es lo que tiene. La verdad es que el cóctel de depresión + ansiedad + burn out + TDAH es interesante: es como un caracol que se ha metido nitroglicerina por el culo. Quieres hacer mil cosas, aunque no quieres hacer mil cosas realmente, pero tu cerebro le presta atención a todas ellas. No sé quién tuvo la idea de llamarlo déficit de atención: el problema real es que tu atención es tan intensa que no sabe dónde enfocarse. Y anímicamente estás como: «Sí, hombre, también».
Ayer me terminé el Prince of Persia: The Lost Crown, mi última hiperfijación. Me cuesta arrancar ese tipo de juegos (me cuesta arrancar con todo, en general) y me ha acabado flipando. Siempre creo que no soy una persona que pueda disfrutar de un metroidvania, y luego curiosamente son de los que más disfruto. Tener uno o varios objetivos fijos pero poder ir a mi ritmo mientras descubro cosillas por el camino es dopaminérgico que te cagas para mi cabecita, porque así es como funciona ella, y así es como funciono yo. Me da pena haberlo terminado. Lo bueno es que el juego tenía mi cabeza completamente secuestrada, así que ahora puedo volver a ser una persona funcional con más de un hobby. Supongo.
Quiero recuperar esa chispa que tenía en el pecho antes de que el smartphone nos comiera a todos la cabeza. No es todo culpa del smartphone, de las redes ni del sistema, aunque un poco sí. Una cabeza TDAH ya tiene dificultades en un mundo pre-Y2K; imagínate ahora que absolutamente todo está diseñado para causar miniexplosiones de dopamina. Si ya me cuesta concentrarme con las notificaciones de la vida real (Amada de reunión en la habitación de al lado, el vecino de abajo dando voces, los niños del colegio de enfrente gritando en el patio, las gatas maullando cada dos por tres), imagínate con las del móvil añadidas. Ping-ping-ping. Echo de menos ese mundo en el que no hacía falta un WhatsApp para todo y cuando no veías a alguien ni podías comunicarte con esa persona era un poco como: «Bueno, supongo que estará bien, y si no, ya me enteraré». Suena cruel, pero echo de menos la intimidad en un mundo en el que ya no se contempla lo de no estar disponible 24/7.
![]() |
| Boloñesa tiene una sidequest para ti. |
El otro día mi psicóloga me hizo un ejercicio en sesión: cerrar los ojos, imaginarme con mi yo adolescente y tratarla con amabilidad. Acabé llorando. Ella suponía lo típico: los traumas vienen de la adolescencia, y yo me dije a mí misma cosas bonitas que necesitaba oír. Pero no. Sí, de adolescente me hicieron bullying por ser una lesbiana otaku que escuchaba música japonesa y tenía pocos amigos (e incluso esos amigos se reían de mis gustos; de ahí mi vergüenza). Pero no lloraba por eso: lloraba porque vi a esa adolescente que iba al instituto, volvía a casa, comía, hacía los deberes y tenía toda la tarde para hacer mil cosas. Y las hacía. Jugaba, leía, escribía, veía series y películas, escuchaba un montón de música. Vale, ahora vivo con mi novia y dos gatas, tengo que gestionar las tareas de la casa y no tengo tanto tiempo ni tantas ganas, pero coño. ¿Por qué ya no leo tanto? ¿Por qué ya no juego tanto? ¿Por qué ahora me paralizo por todo? ¿Por qué ahora busco el momento perfecto, el libro perfecto, el juego perfecto?
Me pasa mucho con Truth of Touch. La creatividad es una montaña rusa, así que escribir un proyecto tan largo y emocionalmente exigente es Una Cosa™. Hay muchos altibajos, y cuando me atasco, muchas veces es por perfeccionismo. «Este capítulo no suena tan bien como este otro, así que menuda puta mierda.» No tengo en cuenta que estoy escribiendo un fanfic yo sola, en inglés, haciendo borradores, editando, releyendo, investigando. O sí lo tengo en cuenta, pero solo para castigarme por no hacerlo mejor. Y llevo dos semanas atascada en un capítulo. Y como no suena tan fantástico como otros (según yo), ya es una basura. Y tengo que convencerme a mí misma de ignorar esa vocecita y publicar el capítulo incluso con el miedo de que sea una soberana mierda, porque como siga buscándole pegas, las voy a encontrar. La perfección es enemiga de acabar.
A veces me pregunto si la perfección no existe porque siempre hay margen de mejora o porque la percepción de lo que es o no perfecto cambia contigo.


No hay comentarios:
Publicar un comentario