Volviendo del gimnasio, he visto una puerta con un bodegón pintado a lápiz. Nunca había reparado en él. No paso mucho por ahí, pero sí lo suficiente, y además llevo viviendo en esta ciudad desde que nací hace más de treinta años. Cuando me he parado a mirarlo, he visto que al lado había pintada la mano de La creación de Adán, junto al timbre.
No intento soltar ninguna moralina del palo «vamos todo el día enganchados al móvil» o «hay que vivir más despacito». Simplemente eso: que llevo toda la vida viviendo aquí y me acabo de dar cuenta. Estos dibujos pueden llevar ahí veinte años, cinco meses o dos días; no hay ningún mensaje oculto. Como mucho, que puedes llevar toda la vida conociendo un lugar y aún así te sorprende si de vez en cuando te da por echar un vistazo.
A lo mejor sí que hay un mensaje después de todo.


No hay comentarios:
Publicar un comentario